¿Tu mundo o el mío?
1. La tercera puerta
El castillo había cambiado de sitio la cámara del tesoro.
Elías la había visto desde la entrada, al fondo del corredor, con sus pequeños cofres rojos apilados hasta donde un hombre no podía llegar. Pero la caravana torció junto a las columnas de latón y los cofres desaparecieron detrás de un muro blanco. Ahora venían hacia él dos guardianes. Uno llevaba una lanza amarilla; el otro arrastraba un cubo y tenía los zapatos mojados.
Elías recogió los pies.
El carro avanzaba con tres giros limpios y un golpe. Tres y un golpe. No era el caballo más rápido del reino. Si el guardián cerraba el paso, tendrían que desviarse hacia las cámaras del hielo. Allí el aire mordía los nudillos y las puertas brillaban tanto que costaba encontrar las criaturas que conservaban dentro.
Rosa llevaba la relación de provisiones. Tenía el pulgar manchado de azul y la manga izquierda subida hasta el codo. Se detuvo junto a un cofre rojo.
Elías adelantó una espada.
—Hoy no vamos a llevar de esos —dijo ella.
El cofre regresó a su sitio. Él lo siguió con la mirada. Contenía una torre desmontada, con almenas, soldados y una puerta que se levantaba tirando de una cadena. Si llegaban a tenerla, podrían cerrar el paso del norte. Ahora seguiría abierto.
Rosa consultó la relación y empujó el carro.
No podía obligarla a regresar. Habían ido a buscar comida, no una fortaleza. Elías tenía seis años y todavía no dirigía las expediciones, aunque conocía las puertas mejor que muchos de los que entraban a pie. La primera se abría sola. La segunda conducía a un corredor por el que no debían pasar: al fondo había un hombre que cortaba carne, y el golpe del cuchillo llegaba antes que su brazo. La tercera era la que necesitaban encontrar.
La princesa esperaba allí.
No la habían visto en la visita anterior. En su lugar había una mujer de pelo muy corto que hacía pasar las provisiones deprisa. Elías había buscado el estandarte de la princesa sin encontrarlo. Después, durante el regreso, sostuvo las dos espadas sobre las rodillas. Nadie le explicó si la habían llevado a otra torre.
Hoy tenía que llegar hasta la tercera puerta.
Rosa torció hacia las cámaras del hielo. Elías oyó el golpe repetido de un guardián detrás de ellos. Su lanza iba dejando una franja oscura sobre el suelo. Él volvió la cabeza para seguirla. La franja parecía agua, pero desaparecía por un extremo mientras crecía por el otro.
La lanza siguió alejándose por el corredor. Un hombre mayor que venía hacia ellos se detuvo junto al carro.
—¿Y tú qué, campeón? ¿Ayudando a mamá?
Una mano apareció por encima del carro y le revolvió el pelo.

El castillo desapareció antes de que pudiera apartarse.
Las columnas dejaron de sostener las bóvedas. En su lugar quedaron estantes de metal, paquetes alineados y una tira de precios. Por encima había un techo bajo con tubos blancos que le hicieron cerrar los ojos. El frío venía de los congeladores del supermercado. El guardián de la lanza era un hombre que arrastraba una fregona unos pasos más allá. Rosa empujaba un carro de compra y él estaba sentado dentro de la cesta, con las rodillas recogidas entre una bolsa de galletas y la barra de delante.
La mano seguía en su cabeza.
Elías se echó hacia atrás. El metal le golpeó la espalda. Soltó una espada y levantó el brazo, pero no alcanzó a quitarse los dedos antes de que le pasaran otra vez entre el pelo. La presión terminó en la nuca. Allí se quedó, incluso cuando el hombre retiró la mano.
Elías gritó.
El sonido le raspó la garganta. Había querido decir que no, que aquello se quitara, que lo dejaran volver al corredor de antes. No salió ninguna de esas palabras. Entró aire a golpes y el segundo grito fue más corto, apretado dentro del pecho.
El hombre dio un paso atrás.
—Uy. ¿Qué pasa?
Rosa puso una mano sobre el borde del carro, entre él y su hijo.
—No le toques, por favor.
—Pero si solo le he hecho una caricia.
Elías apretó los párpados. El supermercado siguió allí: el motor de los congeladores, una risa detrás, las ruedas de otro carro, algo que golpeaba contra una caja. Antes había podido seguir el ruido de la lanza. Ahora todo llegaba a la vez. Se frotó la nuca con la manga y la tela añadió otro roce al que no conseguía quitarse.
Le temblaban las piernas. Intentó estirarlas, encontró la barra del carro y volvió a recogerlas. La espada que aún tenía golpeó dos veces el metal. El tercer golpe apenas sonó.
Era una hoja de publicidad enrollada. Rosa le había hecho dos aquella mañana, cada una cerrada con un trozo de cinta. No tenían empuñadura ni filo. La que apretaba se había doblado en medio; el papel crujía entre sus dedos. La otra estaba en el suelo, con el dibujo de una naranja a la vista.
Las lágrimas le llegaron hasta la boca. Quiso tragarlas y tosió. Rosa se agachó delante del carro sin cogerle la cara ni intentar abrazarlo.
—Elías. Estoy aquí.
Él abrió los ojos un instante. La manga de su madre estaba delante de las luces. La buscó con la mano libre y la soltó al notar la costura.
—Vamos a un sitio con menos ruido —dijo ella.
El hombre empezó a explicar otra vez la caricia. Rosa no esperó a que terminara. Recogió el rollo que había caído a sus pies y lo dejó dentro del carro, junto a la bolsa de galletas. Después lo empujó despacio hacia el pasillo de la harina.
Elías seguía llorando. Cada junta del suelo hacía vibrar la cesta contra su espalda. Rosa se detuvo junto a una estantería baja. Desde allí ya no se veía al hombre y el motor sonaba más lejos.
No le pidió que se calmara. Esperó, con las manos en el asa.
Elías quería regresar al momento anterior al contacto. Allí sabía adónde iba el carro, quién llevaba la lanza y qué puerta tenía que encontrar. Ahora miraba sacos de harina y no podía ponerlos en ningún sitio. Al cerrar los ojos aparecía el corredor, pero la mano llegaba antes de que pudiera entrar.
Rosa sacó un pañuelo y lo dejó sobre las provisiones. Él tardó en cogerlo. Se limpió debajo de la nariz, sin acercarlo al pelo.
Las piernas fueron dejando de moverse. Aún tomaba aire con pequeños tirones. Rosa permaneció allí hasta que pudo mirar un paquete sin perderlo entre todos los demás. Después señaló el rollo que había recogido.
—La he dejado aquí.
Elías lo tomó por el extremo. El papel tenía una mancha gris y un lado aplastado. Lo alisó sobre la rodilla. La espada que conservaba entre los dedos seguía torcida. Las juntó para comprobar si podían llegar hasta el mismo sitio.
Cuando Rosa volvió a mover el carro, no gritó. Vigiló el final del pasillo. Primero aparecieron las columnas estrechas; después, el hueco junto a las botellas. El frío de los congeladores aún le alcanzaba los dedos. Un poco más allá estaban otra vez las cámaras del hielo.
Elías levantó una espada. La punta no se mantuvo recta, pero podía cubrir el paso.
Desde aquel corredor no se veía la puerta de la princesa. Tendrían que bordear las cámaras y cruzar otra vez junto a la lanza. Elías agarró la manga de Rosa. Cuando ella se volvió, él señaló hacia los sacos y después hacia la pared.
—¿Por ahí?
La pared tenía una abertura al fondo. No conducía fuera; doblaba junto a unas columnas más estrechas. Elías había visto pasar por ella a una mujer con un carro vacío. Las ruedas habían regresado del otro lado. Había un camino.
Rosa lo siguió.
Pasaron una montaña de pan, una hilera de botellas verdes y tres torres de cajas. Elías sostuvo una espada a cada lado. Entre las torres quedaba un hueco por el que podía entrar la lanza, así que llevó la izquierda más alta hasta alcanzar el siguiente corredor.
La princesa estaba detrás de la tercera puerta.
Se llamaba Amalia. Llevaba pendientes pequeños, redondos, y tenía las uñas pintadas del color que Elías habría reservado para los estandartes. Una piedra roja encendida junto a su mano hacía cantar a los objetos antes de dejarlos pasar. Los sacos cantaban una vez. Las botellas, una vez. Un paquete que ella giró hizo dos sonidos seguidos.
—Hola, Rosa. ¿Qué tal?
—Vamos tirando, Amalia.
La princesa miró las espadas y luego el carro.
Elías quiso explicarle que habían llegado por el camino de las columnas estrechas. El guardián podía impedirles volver al corredor del hielo, pero no cerrar todas las salidas a la vez. Amalia necesitaba saberlo si alguna vez se quedaba sola. Él levantó una espada y trazó el camino en el aire.
La princesa volvió la cabeza para comprobar hacia dónde señalaba.
—Ya habéis dado la vuelta entera, ¿eh?
Elías bajó el brazo. No la habían dado entera. Habían encontrado un paso que el guardián no conocía.
Rosa entregó el tributo. Guardó las monedas en un bolsillo distinto del que había abierto al entrar. La última botella pasó la puerta.
Amalia se levantó un poco.
—¿Puede llevarse uno?
Rosa vio lo que tenía en la mano.
—Sí. Gracias.
La princesa no intentó ponerle el regalo en la boca ni agarrarle los dedos. Lo dejó sobre las provisiones: una esfera envuelta en papel brillante, al final de una vara blanca.
Elías la cogió.
Era una recompensa por haber atravesado las cámaras y encontrado el camino. Quizá la princesa necesitara de nuevo su ayuda. Él quiso inclinar la cabeza como hacían los caballeros cuando recibían algo, pero el carro se movió y tuvo que agarrarse.
—Hasta el próximo día —dijo Amalia.
La puerta exterior se abrió. El aire frío le encontró la frente. Elías se volvió para comprobar si los guardianes podían seguirlos. La princesa estaba atendiendo a la siguiente caravana. No miró hacia él.
Rosa descargó las provisiones. Dejó una bolsa en el suelo, primero despacio y luego de golpe. Él empujó una botella hacia ella para que no tuviera que alcanzarla.
—Esa pesa. Déjala, que la llevo yo.
Elías la soltó. Había querido ponerla al alcance de Rosa, pero ella ya la llevaba en la mano. Él recogió la espada que había quedado atravesada en el carro.
Conservó la recompensa durante todo el regreso. Cuando Rosa rompió el envoltorio por el borde, olía a fresa.
2. El paso bajo la lluvia
La fortaleza del norte no resistía otra noche de lluvia.
El agua bajaba por la cara exterior de la torre. Desde el puesto de vigilancia, Elías había visto desaparecer el camino, después las ruedas de las caravanas y al fin los árboles que marcaban el comienzo del bosque. Paco había prometido acompañarlo hasta el río. Ahora miraba el cielo sin ponerse en marcha.
—Así no podemos. A ver si para después.
Después no era una hora.
Elías esperó con las espadas dispuestas. Una se había doblado en la expedición al castillo. La enderezó y volvió a doblarse. Si encontraban al guardián de la lanza, no aguantaría un segundo golpe.
Rosa levantó un gran paño que había tendido a secar. Conservaba una franja oscura y desprendía olor a agua. Lo extendió entre cuatro pilares. Elías se agachó: por debajo había aparecido una tienda de campaña.
Llevó tres sacos hasta la entrada. Cerró con ellos el hueco más ancho y dejó una bota frente al otro. Nadie podía cruzar sin que lo viera. La segunda bota seguía en su pie; no quiso salir a buscar un sitio donde quitársela.
Rosa alzó una esquina del techo.
—Mientras no tires de esto, puedes estar ahí.
Había una zona por la que se podía mirar hacia la torre y otra, más oscura, que comunicaba con el almacén. Elías dejó una espada en cada lado. Desde el almacén llegó un ruido de hierro.
Paco necesitaba reparar uno de los pilares.
Elías lo sujetó cuando se lo pidió. Su padre giró una herramienta y el poste se movió sobre sus dedos. Él apretó más. Si lo soltaba, caería una parte del techo.
—La otra primero —dijo Paco.
Se llevó un pilar más pequeño al taller. La tienda recibió los golpes como piedras lanzadas contra el muro. Elías levantó un saco para cubrir el paso.
—Esto está pasado —murmuró Paco.
Rosa empezó a reírse detrás de su mesa.
—Llevas diciendo eso desde Navidad.
—Porque está pasado desde Navidad.
Elías conocía las montañas de regalos que aparecían al final del año. No sabía qué le habían hecho a aquel pilar. Se asomó para verlo cuando Paco fue a buscar otra pieza. Había dejado dos escudos redondos sobre una tabla. Uno rodó hasta el borde.
Elías lo detuvo.
El escudo cabía entero entre sus dedos. Pertenecía a un soldado que podía pasar por las aberturas más bajas del muro. Desde dentro de la tienda, Elías lo llevó hasta la bota y lo hizo rodear el tacón. El soldado avanzó hacia el lugar donde la luz desaparecía. Allí había una grieta que llegaba hasta el taller.
La fortaleza no estaba cerrada.
Paco volvió y encontró un escudo.
—Falta la otra.
Buscó por el suelo. Elías recogió al soldado antes de que lo pisara. Su padre se arrodilló a la entrada.
—¿La tienes tú?
Elías abrió la mano. La mantuvo dentro de la tienda.
Si lo entregaba, se quedaría sin nadie que vigilase el camino de abajo. Paco tenía piezas grandes, una caja llena de ellas. Podía elegir otra.
Paco esperó. Después sacó una pieza blanca, con una abertura en medio y un borde mordido.
—Esta no me sirve. ¿Cambiamos?
Elías comparó los dos escudos. El nuevo no brillaba, pero era más grande. Podía tapar la grieta. Dejó el primero en el suelo y Paco lo alcanzó con dos dedos.
La comida llegó antes de que terminaran la reparación. Rosa dejó un plato a la entrada.
—Ahora a la mesa.
Elías miró la abertura que acababa de cerrar. Tendría que abandonarla. Rosa levantó el plato de nuevo y esperó a que saliera.
Comieron patatas con huevo. El pilar ya no se movía cuando Paco apoyó todo su peso. Por la tarde, la torre volvió a mostrar el camino y su padre se puso en marcha. Elías tuvo que buscar la otra bota antes de seguirlo.
El río no había crecido tanto como parecía desde arriba. Bajaba junto al bosque, arrastrando hojas y una rama que giraba cada vez que encontraba una piedra. Paco se quedó en la orilla alta. Elías llegó hasta un paso de losas y observó la corriente por debajo.
Un soldado podría cruzar allí.
Deslizó el escudo blanco sobre la primera losa. Quería llevarlo hasta la otra orilla, donde se abría una entrada entre dos troncos. Desde allí sería posible vigilar el castillo sin pasar ante el guardián.
La tercera losa tenía agua por encima. Elías se inclinó para encontrar una parte seca. La bota quedó atrapada entre dos piedras.
—Espera —dijo Paco.
Elías no podía esperar. Si apoyaba el escudo en el agua, la corriente lo llevaría. Si soltaba la bota, tendría que retroceder y dejar al soldado aislado en medio del paso.
Paco bajó hasta él.
—Voy a coger la bota. Solo la bota.
Elías sostuvo el escudo entre los dientes. Su padre levantó el talón y deshizo el giro que lo mantenía atrapado. La suela salió con un ruido de aire. Elías recogió el pie. En la losa que acababa de abandonar, la corriente tapó enseguida el hueco.
No había llegado a la otra orilla.
Paco lo acompañó hasta un tronco caído. Se sentó y sacudió la tierra de sus manos. Elías se quedó de pie. El paso seguía allí, incompleto.
Su padre cogió una rama corta.
La dejó en el agua y ambos la siguieron. La rama giró junto a la primera piedra, se detuvo detrás de la segunda y después salió por un hueco que Elías no había visto. El río llevaba las cosas hacia otro sitio, no directamente al fondo. Él bajó la vista al escudo.
—Ese te lo guardas —dijo Paco.
Elías lo metió en la manga. Buscaron otra rama. Era larga y pesada por un extremo. Esa chocó con las mismas piedras y se quedó quieta. Paco le puso un nombre que Elías no conocía. Él pensó que era un barco de carga: necesitaba más agua que el primero.
Esperaron hasta que se soltó.
Al regresar a la fortaleza, Elías llevaba barro en una bota. Rosa señaló la marca que había dejado en el suelo. Paco fue a buscar un paño. Elías sacó el escudo de la manga y lo dejó a salvo antes de levantar el pie.
Dos inviernos después ya no utilizaba aquellas espadas. La mayor se había abierto por un lado; la otra había desaparecido cuando Rosa despejó el almacén. El escudo blanco seguía en una caja, entre una piedra plana y el fragmento de una cadena.
Elías llevaba ocho años en el reino y había empezado a dibujar sus caminos.
Berta llegaba dos tardes por semana. Traía hojas, figuras y pequeños carteles con palabras. Extendía sobre la mesa un territorio distinto cada vez. En uno había un barco. En otro, una casa con el tejado rojo. Le daba una frase y él debía encontrar la imagen que correspondía.
Al principio le pedía que repitiera las palabras en voz alta. Elías acababa la frase por dentro y veía adónde conducía. La boca no se movía. Berta seguía esperando el sonido, y mientras esperaba, el camino se cerraba. Él apretaba el lápiz o buscaba un borde suelto en la mesa.
Una tarde Berta dejó de pedirlo.
Puso delante de él tres dibujos y la frase «La niña está detrás del árbol».
Elías eligió el árbol sin niña.
Berta acercó el papel.
—¿Detrás del tronco?
Él señaló el espacio que la copa tapaba. Si la niña estaba allí, no se podía ver.
Berta dio la vuelta al dibujo y trazó una pequeña figura.
—Aquí la había puesto yo. Por eso se ve un poco.
Elías se quedó mirando ambas caras de la hoja. Después dibujó el árbol desde el otro lado. En esa vista sí aparecía la niña. Berta dejó juntas las tres imágenes. El camino no se había cerrado.
En los días siguientes, él comenzó a escribir junto a sus mapas. Primero el nombre de una puerta; después, la dirección de un paso. Había palabras que no conseguía poner completas. Dejaba un hueco y regresaba cuando Berta le enseñaba la parte que faltaba. Rosa guardó el plano de un tren que tenía una curva demasiado cerrada. Él había escrito que se saldría antes de llegar a la estación.
No todas las tardes eran así. A veces Berta hablaba mientras él seguía la primera frase. A veces el lápiz traía una goma nueva, demasiado blanda, y el olor le llegaba antes que las palabras.
Otras clases empezaban por la mañana, en aquella misma casa. Celia venía tres días por semana. Rosa despejaba la mesa antes de salir y dejaba las prendas en una silla. Elías sabía en qué cajón estaban las pinturas, qué luz entraría por la ventana y dónde apoyaría Celia su carpeta.
Las tareas llegaban de un centro de enseñanza a distancia. Algunas traían una fecha que Rosa copiaba en el calendario. Celia guardaba los ejercicios terminados separados de los mapas que él dibujaba por su cuenta; después los padres enviaban el trabajo para que lo corrigieran. Había hojas que regresaban con una señal junto a una respuesta. Elías las reconocía por los dobleces.
Celia lo encontraba dibujando en los márgenes cuando quería que copiara una línea.
Una mañana le pidió que llevase agua de un pozo hasta un molino. Bastaba con unir los dos dibujos. Elías trazó el camino más corto y después otro alrededor de una montaña que había añadido.
—Esa montaña no estaba —dijo Celia.
Él lo sabía. En el primer camino, los viajeros no tenían ningún sitio donde detenerse antes del molino. Añadió una casa al pie de la montaña.
Celia dejó el papel a un lado. Sacó de la carpeta otro en el que solo estaban el pozo y el molino.
Elías unió los dos. Guardó el primero debajo.
Durante aquella primavera, la casa de la montaña se convirtió en una posada. Los soldados del norte llegaban con barro en las botas y dejaban las armas frente a la puerta. Había que darles agua antes de que pudieran seguir. Elías llevó el escudo blanco hasta el dibujo y lo dejó apoyado en la pared.
El soldado del río había conseguido cruzar.
Fin de la muestra
Has leído «La tercera puerta» y «El paso bajo la lluvia», los dos primeros capítulos de ¿Tu mundo o el mío?.
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